La falta de autoridad de los padres en la educación de los hijos, la banalización del sexo o la violencia en la vida diaria o la influencia de esa arma de doble filo que es Internet son algunos de los ingredientes de un cóctel que ha estallado en las manos de las familias y las administraciones que contemplan atónitos cómo niños menores de 13 años participan activamente en uno de los actos más crueles contra una mujer: una violación. La educación familiar en valores se ha perdido en la mayoría de los casos y los niños se encuentran sin rumbo y sin la ‘hoja de ruta’ necesaria para volver a encontrarlo.
Sinceramente, desconozco cuál puede ser la solución a tomar desde las administraciones, pero lo que sí tengo claro es que ya se ha traspasado la línea roja y las familias deben concienciarse, de una vez, de que la educación de sus hijos tiene que colocarse en el primer puesto de sus prioridades. No se es mejor padre porque sea más permisivo o más amigo, sino porque se delimite la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal, entre lo prohibido y lo permitido… No se deben desenterrar viejos y retrógrados métodos de las familias de hace 50 años, pero sí que se tiene que recuperar a los hijos.

















