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La conversación en las redes sociales: ‘No me chilles que no te veo’

Afirmar que las redes, especialmente Twitter, han sido, son y, quizá en el futuro, serán una gran batalla de egos es, simplemente, constatar una realidad. No significa ningunear un fenómeno que ha cambiado la forma de relacionarse entre personas, ni acusar a todos los usuarios de ser unos narcisistas inaguantables. Se trata de poner nombre a lo que hacemos a diario en aquellos lares. Reflexiona: ¿no hablas de tus logros, de tus opiniones sobre la actualidad o sobre la vida, de tus intereses, de las noticias que te interesan o preocupan, de tu vida diaria o, incluso, de los elogios que los demás te dedican? ¿No te has sorprendido mirando su cifra de seguidores en Twitter, tus fans en Facebook, consultando tu influencia en las miles de herramientas que hay disponibles para ello o comprobando la cantidad de retuits que has recibido con tu último e ingenioso tuit? En mayor o menor medida, todos seguimos alimentando allí nuestro ego y negarlo es una estupidez.

Partiendo de esa base y teniendo presente ese narcisismo intrínseco en la filosofía de las redes (algo que no le quita ni un ápice de su utilidad social, profesional y personal), un servidor, que abrió su cuenta en los gigantes Facebook y Twitter allá por 2009 –aquella época en la que la crisis era casi un nuevo descubrimiento para Zapatero y la prima de riesgo una desconocida-, siempre ha estado interesado en esa conversación que tanto debe alimentarse y cuidarse según unos gurús que, desde su púlpito, la ningunean en demasiadas ocasiones. Y tenía vivo interés en esa cuestión porque estaba (y estoy) convencido de que la infoxicación a la que estamos sometidos a diario, la dificultad para filtrar el contenido y la incapacidad de muchos usuarios para saber separar el grano de la paja hace que el diálogo se vaya convirtiendo poco a poco en un monólogo compartido entre todos. Llega un momento en que es un mundo inabarcable que acaba convirtiéndose en un gigantesco grupo de gente hablándose entre ellos o, mejor dicho, para sí mismos, pero escuchándose poco (casi como la sociedad individualista que construimos).

Y para sostener esa afirmación, me gustaría aportar algunos datos que pueden ser reveladores:

  • Cuando usted publica un enlace a una noticia o a su último post que tanto le costó piensa que detrás hay una ingente cantidad de usuarios que harán clic inmediatamente. Nada más lejos de la realidad. Un estudio reciente establece que la media de clics es bajísima (sólo siete de cada cien) y se reduce progresivamente conforme el usuario suma más ‘followers’.
  • La paja y el grano: otro estudio señala que sólo el 41 por ciento de los tuits que leen los usuarios les parecen relevantes (visto aquí). La peor parte se la llevan los tuits con los ‘check ins’ o actualizaciones de la red de geolocalización Foursquare.
  • Los medios de comunicación no interaccionan y dialogan con su audiencia. El ‘tuitexperimento’ lo dejó claro: más de la mitad no contestaron a las preguntas hechas por el equipo que llevó a cabo la iniciativa.
  • El estudio del Estado de Twitter en España, publicado ayer por la Asociación de Economía Digital, plasmaba dos datos elocuentes:
  1. ¿Cuál es la razón por la que dejar de seguir a alguien? El 80% dice que generan demasiada información para seguirla.
  2. ¿Has dejado abandonado en algún momento la red? El 60% admite haber tenido épocas de inactividad y la razón fundamental: exige demasiada dedicación.
  • ¿Y crees que en Facebook todo es distinto? Cuando publicas esa actualización sobre tus vacaciones o esa canción con la que quieres transmitir buen rollo piensas que detrás hay una legión de amigos disfrutándola, ¿no? Nada más lejos de la realidad. Se estima que apenas un 12% de tus contactos en la red de Zuckerberg verán tus intervenciones.

Con estos datos sobre la mesa, uno se pregunta si lo que, en realidad, hacemos la mayor parte del tiempo en las redes es casi hablar solos. Desconozco si el problema se soluciona con una mejor y más exhaustiva selección de tus contactos, de tu timeline o de los contenidos, con una filosofía en la que impere la calidad frente a la cantidad o con días de 40 horas. Lo que resulta más que evidente es que, progresivamente, el crecimiento de las redes (y, por ende, nuestra actividad en ellas) está haciendo perder a éstas su lado más social. La supuesta conversación de la que todos hablan pero que se practica con cuentagotas empieza a ser más un monólogo colectivo sin mucho sentido que tiene más que ver con los diálogos que mantenían Earl Barret y Arne Sultan en ‘No me chilles, que no te veo’.

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