Desconfiad de quien os señala con el dedo cuál será el camino para la supervivencia del negocio periodístico. Por una simple razón: porque no lo sabe. Durante los últimos años, hemos escuchado a innumerables gurús que desde su atril han sacado una gran bola de cristal para predecir un futuro tanto o más complejo como el presente que nos ha tocado en suerte. Un futuro que no tiene nombre ni modelos económicos, ni fórmulas mágicas, pese a que algunos se empeñen en lo contrario. Porque si así fuera ninguno de esos expertos gastarían su maravilloso e impagable tiempo en presentaciones audaces, ni en alocuciones ingeniosas sino construyendo ese productivo negocio del que no cesan de hablar.
Desde que estallara la peor crisis que se recuerda en el sector han pasado cuatro años y otros tantos desde que se acelerara la migración del papel y los formatos tradicionales a la red y el reinado de la multiplataforma. En revoluciones como esta, todos los conceptos se ponen en duda y además, surge el miedo ante un incierto futuro en el que, quizá, los pilares construidos durante años ya no sirven. ¿El periodismo morirá? ¿Con estas nuevas herramientas es necesario el papel del periodista profesional? ¿Debe seguir siendo la publicidad el principal granero de ingresos de los grandes medios, como ha ocurrido en las últimas décadas? ¿Sobran realmente periodistas en las redacciones o hacen falta una redimensión de los medios para especializarse y ganar huecos aún sin conquistar?
Lo único realmente claro es el presente en forma de largo desierto que vivimos hoy: una reducción sin precedentes en los ingresos publicitarios; una conversión digital más lenta de lo previsto por los expertos; el desmoronamiento de la estructura de grandes medios instaurada desde hace décadas; una crisis de credibilidad ganada a pulso por muchas razones… Ante esa realidad, empiezan a convertirse en manidos conceptos como transparencia, diálogo con los lectores, calidad, humanidad en las historias, contextualización, independencia… No por repetidos hasta la saciedad son innecesarios, pero creo que el debate debe ir más allá o, mejor aún, debe fomentarse la sección de las demostraciones, de la acción… Llevamos cuatro años hablando de refundación de este maravilloso oficio, pero en España (al contrario que en el mundo anglosajón) el grueso de los periodistas aún seguimos esperando a tiempos mejores. Pero, ¡qué mejores que estos para probar, indagar y experimentar!
Porque, ¿qué hay de malo en que el futuro no esté escrito o venga acompañado de incertidumbre? ¿No es ilusionante poder escribirlo entre todos? Estoy convencido de que ese futuro de los medios está en los periodistas, en los profesionales que han de tomar las riendas para seguir haciendo información y recuperar el control. Pero para ello hace falta perder el miedo al fracaso, algo tan difícil como imprescindible en un país como España. Debemos equivocarnos para encontrar el camino, debemos caer para levantarnos, debemos experimentar para conseguirlo. Ensayo-error, ensayo-error… No hay otra.
Pese a que no hay nada escrito, sí creo que existen algunos conceptos más o menos claras de cara a un futuro incierto:
- Los periodistas debemos olvidarnos de aquel principio obsoleto con el que nos autoexcluíamos del negocio y de su diseño. Si queremos recuperar las riendas del oficio tenemos que encontrar al vía para su financiación y para eso hay que arriesgarse y probar.
- La historia de los medios masivos de información empieza a llegar a su final. En un mundo como internet, con una segmentación en audiencia y en ingresos, las estructuras de costes deben ser mínimas para lograr la máxima rentabilización.
- No debe haber miedo a investigar y experimentar fórmulas novedosas de ingresos. Puede funcionar la unión entre medios para negociar publicidad, los micropagos, la filaontropía o los servicios extra… Diversificación para sobrevivir.
- Internet no es el futuro, es el presente y, por tanto, las estrategias no se pueden diseñar a cinco años vista, sino desde hoy.
Aún con ese miedo al fracaso tan característico de este país, ha habido un buen puñado de nuevas experiencias que ilusionan y, al menos, nos enseñan que sigue habiendo ganas de conquistar ese futuro. Podrán encontrar la llave maestra, pero al menos no dejan de buscarla:
- Jotdown
- Panenka
- Mongolia
- Eldiario.es
- Revista Prisma
- Materia
- Huffington Post
- Libero
- Máspúblico
En cualquier crisis, siempre hay una compleja transición entre lo viejo y lo nuevo, entre el modelo que acaba y el que empieza… En esa transición en la que hoy estamos inmersos escuchamos demasiada teoría y escasa práctica. Muchos de esos gurús no dejan de teorizar mientras otros colegas deciden arriesgarse para encontrar el camino. Deciden equivocarse para acertar; fracasar para encontrar la salida. Ese debe ser el camino. Se acabó el tiempo. Ahora hay que pasar al ataque. Porque como decía el escritor frances Charles Sainte-Beuve, “el éxito consiste en vencer el temor al fracaso”.


















Estoy de acuerdo con casi todo lo que apuntas, Jesús, menos con tu tesis central.
Evidentemente, los verdaderos protagonistas de este profesión (mejor que oficio, en mi opinión) son los profesionales, los que arriesgan e innovan cada día al contar una historia o proyectar un nuevo medio. Sin embargo, creo que es un error subestimar la teoría, que en el fondo se basa (o debería) en la reflexión y la proposición de ideas a partir de la observación y la comprensión del mundo que le rodea. Sobre estas concepciones, independientemente de quién las haga, se pueden hacer propuestas que, en muchos casos, pueden ser más efectivas que el simple método del ensayo y error.
Por su puesto, no hay que tener miedo a emprender y a equivocarse, pero sí a andar dando palos de ciego. Y para eso hay que pensar, teorizar y después actuar. Si estos verbos hubiésen ido unidos, no estaríamos como estamos. Cuestión aparte, sin duda, son las malas teorías, las que formulamos incompetentes, oportunistas e ignorantes. Ahí está la gran cuestión, en buscar una buena teorización, basada en la rigurosidad y la discusión, que camine siempre al lado de la cruda realidad.
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