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El advenimiento de la edad de oro del periodismo: entre el champán y las dudas

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“La crisis del periodismo (y de los medios) es de producto”. Es el título de un artículo que José Cervera (@Retiario) firmó hace casi dos años y que encontré por casualidad hace unos días mientras reorganizaba el archivo online. Un título que bien podría convertirse en un lema que rezara en la pared del despacho de muchos directores (y gerentes, consejeros delegados…) de grandes medios tradicionales en nuestro país. Y en ellos, por supuesto, se incluye Pedro J. Ramírez que, con su tono habitual, sacudió a principios de semana el panorama mediático patrio. ¿Cómo? Anunciando una alianza entre Unidad Editorial y Telefónica para reducir el precio de Orbyt para los clientes de la compañía ‘teleco’ líder.

Y no podía ser más oportuno este encuentro casual con el artículo de Cervera porque esta alianza empresarial pone el foco en lo económico, sin percatarse de que eso llegará cuando se resuelva lo periodístico. El acuerdo de marras sirve para reducir a la mitad la tarifa mensual del, cuando menos, discutible experimento ‘orbytero’ para los clientes de Telefónica. De esta forma, se hace más atractivo el mismo producto a través del precio para los 20 millones de clientes del gigante de las telecomunicaciones.

Desde un punto de vista empresarial, que no periodístico, el acuerdo, cuya idea central no es nueva, puede resultar fructífero. Cierto es que ambas partes salen beneficiadas, aunque, quizás, de manera desigual. El grupo mediático logra eliminar parte de una barrera de entrada al pago por contenidos y, por ende, a Orbyt: el precio y la distribución. Se reduce la factura y se incrementa de forma exponencial los clientes potenciales, que no finales. En el lado del grupo ‘teleco’, el beneficio no es tanto de producto (por el atractivo que pueda tener la incorporación de estos medios a su oferta), ni de ingresos, si no más bien de ‘relación’ directa con uno de los medios más influyentes de este país (¿el primer paso para una entrada en el accionariado, como ha hecho en El País?).

No seré yo quien reste un ápice de euforia empresarial ante el pacto. Pero sí que, ante posibles anuncios o planteamientos similares en el escenario mediático, recopilo aquí algunas de mis dudas como periodista:

  • ¿Sólo vía precio (y distribución) se logrará hacer atractiva la oferta de pago online de los grandes periódicos? Si hasta ahora apenas 86.000 personas se han hecho socias de Orbyt (un porcentaje ínfimo de sus lectores digitales), ¿por qué habrían de hacerlo ahora, sin más cambio que un distribuidor de grandes dimensiones y potencia? ¿No es más que limpiar los cristales y la carrocería de un coche cuyo motor necesita una revisión en profundidad?
  • ¿Acuerdos como estos no acercan hasta límites peligrosos a un medio que debe hacer de contrapeso del poder y una gigante económico, con enormes intereses y muchos tentáculos? ¿Es eso sentarse a comer con el ‘enemigo’?
  • ¿Es este un buen acuerdo para el periodismo que lleve a cabo el grupo, teniendo en cuenta su nuevo ‘compañero’ de viaje?
  • ¿El advenimiento del nuevo periodismo, tal y como lo definió Pedro J., es compatible con el despido de una cuarta parte de la plantilla hace un año o una drástica reducción de salarios para los que queden en este 2013?

Son muchas dudas, en especial, sobre si es motivo como para descorchar la botella de champán. No queda otra cuando no se tiene certeza alguna sobre cuáles deben ser los derroteros por los que discurran los grandes medios de este país (y la profesión que tanto quiero). Especialmente, los derroteros económicos, esos de los que muchos hablan (hablamos), sin que nadie sepa con seguridad cuál es el camino de la rentabilidad. Y en ese escenario convulso, todos los pasos para, al menos, intentarlo serán bienvenidos.

Pero, hablando de avenimientos y de edad de oro a lo mejor, el futuro de ese periodismo que todos deseamos no pasa sólo por mejorar la distribución, sino por perfeccionar un producto castigado durante años; ni tampoco por reducir el precio, sino por recuperar la credibilidad y convertirse en imprescindibles para los lectores; ni tampoco por reducir el peso por el lado de las redacciones, sino por innovar para mejorar los ingresos; ni tampoco por pedir ayudas al Estado, sino controlarlo y fiscalizarlo hasta la extenuación. Pero, sólo a lo mejor.

En Historias de un optimista | La credibilidad de los medios, en el centro del debate… ¿Y para comer hoy?, El dinero no caerá del cielo digital para los periódicos y ¡Es la crisis de credibilidad (en los medios), estúpido!

Imagen | Thomas Leuthard

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