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La marca personal: ¿Qué entendimos mal en el camino?

Huella-Marca-Personal

Llevamos años hablando de un concepto que produce repulsa y querencia en dosis similares. Un concepto muy acorde con los tiempos en los que vivimos. Es la marca personal. Esa que dejamos en todo lo que hacemos, también en lo profesional, aunque cada vez las fronteras estén menos

Y digo que genera repulsa y querencia porque hay defensores que llaman a tomarla muy en serio para el desarrollo profesional; y otros que la rechazan por una simple razón: no es más que convertir a las personas en productos.

Al margen de debates dialécticos, aceptemos marca personal como la forma de referirnos a nuestro sello personal, aquello con lo que diferenciamos, que nos hace especiales. Sobre ello hemos hablado en alguna ocasión, no sólo como vía para hacer visible el talento propio del periodista sino como posibilidad de negocio para profesionales independientes.

Pero, ¿sabes qué? Que muchos de los profesionales (especialmente los periodistas), en algún momento del camino, nos hemos confundido. En nuestro afán por ser visibles a través de nuestro trabajo cometimos errores.


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Construir, poco a poco, ese poso de profesionalidad que te haga diferente y mejor no se consigue de la noche a la mañana, cumpliendo tres simples consejos o asomándonos sin más a las redes sociales. Es mucho más difícil que todo eso. Tratando de mejorar día a día, de aprender de los mejores. Y, por último, de enseñarlo.

Y, entonces… ¿Qué se entendió mal de esa marca personal? Pues aquí van algunas de esas ideas recopiladas tras la experiencia propia o la pura observación:

Los robots nunca dejarán impronta. Hay quien entendió que lograría autoridad en su sector exclusivamente escupiendo en las distintas plataformas artículos y enlaces a diario, cual máquina expendedora. Mensajes enlatados, sin aportar ningún valor extra. Sin atreverse a pisar ningún charco, persiguiendo una asepsia poco compatible con dejar esa marca pretendida.

El peso no debería ser un baremo fiable. Aunque nos empeñemos, la cifra de seguidores o ‘amigos’ sin más no hacen al profesional. No. Te hacen popular, incluso, influyente (influencer le llaman ahora), pero no buen profesional. Un buen periodista lo demuestra en el terreno de juego, en el día a día. Seguramente si lo hace acabará teniendo una legión de personas dispuestas a escuchar las historias que cuente. Pero primero tienen que llegar estas últimas, para que lleguen aquellas.

Mirar tu ombligo continuamente no te hará útil, ni relevante. Admitámoslo, el ego a veces nos puede. Pero eso tampoco te ayudará a dejar esa impronta. Porque si no miramos más allá de nuestro ombligo, si no compartimos mucho más que nuestro trabajo, nos perderemos las buenas historias, las grandes y enriquecedoras experiencias de los demás. Esas también nos harán crecer como profesionales (y como personas) y conformarán ese poso que dejar.

Decir sin hacer es un deporte tan extendido como inútil. Aquí no se trata de aparentar, de llenar nuestros perfiles de palabras grandilocuentes, de intentar crear una imagen artificial, irreal. Primero hay que hacer, para luego decir. Hay que demostrar. Las nuevas herramientas, especialmente las redes sociales, son magníficas para ello. En caso contrario esa impronta acabará borrándose con la misma facilidad con la que se puede pulsar el botón de ‘Publicar’ en Twitter.

Aquí, nadie sabe nada. Partir de esa base nos hace tener los pies en el suelo. Nos permite huir de la autocomplacencia y la soberbia, tan presentes a veces en el oficio de periodista. Nos hace tener los ojos bien abiertos para observar, para aprender de los mejores. Para crecer como profesionales y hacer esa impronta mucho más relevante.

La importancia de ese poso de profesionalidad y buen hacer nunca dejó de estar ahí. Ahora tenemos muchas más herramientas a nuestro alcance para construirlo día a día. Incluso para hacerlo más visible. Pero sin perder de vista algo que debería ser de perogrullo: el trabajo duro, sin ‘humos’ y palabras vacías, es el único valor seguro por el que apostar.

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Créditos: Imagen de El Gran Toñeti

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