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Gracias, maestro

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Tenía 22 años y casi las mismas dosis de energía y de inexperiencia. Por aquella época, aterrizaba en mi tierra, Jaén, con cierto regusto a derrota. Debía regresar de Málaga ante la falta de oportunidades allí. Deseaba con toda mi alma trabajar de periodista. Lo soñaba casi cada día.

Y esa oportunidad llegó. Fue el último fin de semana de marzo. En 2006. Tras unas pruebas con otra empresa que no cuajaron, me senté en su despacho. Lo miré a la cara y le dije: “Antonio, me gustaría trabajar aquí”. Ese día, Antonio Garrido Gámez abrió de par en par las puertas del periódico que dirigía, Viva Jaén, a un joven inexperto y con todo por aprender, pero con las ganas necesarias para hacerlo.

Estaba verde, muy verde. La vida apenas me había permitido trabajar en lo que siempre soñé más allá de un puñado de meses como becario. Pero él creyó justo darme una oportunidad. No había podido demostrar nada más que esa pasión por este oficio. Mi currículum cabía en menos de una página. Pero para él, no fue un impedimento. Confió en mi. Sin más.

A partir de ese momento, Antonio se convirtió en mi primer gran jefe. Un jefe con sus virtudes y sus defectos. Muchas más de las primeras que de los segundos. Entre ellas se encontraba una confianza casi ciega en su equipo. La que demostró poniendo al frente de la sección de Política Municipal, una de las más complejas del periódico, a un joven de 23 años que seguía teniendo mucho por demostrar y también por aprender.

O la que exhibió aquel día en el que un político local, otrora todopoderoso, envió una carta formal quejándose amargamente por un artículo de opinión firmado por ese joven. Ese día, Antonio me llamó a su despacho y me entregó los dos folios en los que sólo faltaba pedir mi salida del periódico. En dos minutos eternos, terminé de leerla y levanté la vista. Buscaba su apoyo y sólo me salió preguntar: “¿Y ahora qué?” Él no lo dudo. Apartó la carta y me dijo: “A seguir trabajando”. No supe qué decir.

Hace año y medio, decidí cambiar de rumbo. Quería buscar retos nuevos. Tratar de demostrarme a mí mismo que podía empezar desde cero pero con todo lo aprendido en la mochila. Aunque decidido, entré en su despacho con ciertas dudas. A él era el primero a quien debía una explicación. No podía quitarme la sensación de que estaba fallándole, marchándome en un momento complicado. Sus palabras de comprensión las agradeceré siempre.

Ahora, él, alma máter y gran artífice de un proyecto al que le dedicó muchísimas más horas de las exigibles, se va tras años de entrega y dedicación imposibles de igualar. Después de todo este tiempo, me quedo con muchas cosas. Me quedo con las lecciones aprendidas junto a él sobre periodismo y sobre la vida. Con las conversaciones eternas entre titular y titular. Con esos grandes momentos escuchando sus historias en este oficio en aquel Jaén de los 70 y 80. Con sus críticas, que tanto me sirvieron, y sus palabras de ánimo y sus halagos, escasos pero que llegaban en el momento justo.

Me quedo con todo lo que hizo por despertar del letargo a esa maravillosa tierra jienense y sus gentes; con su inquebrantable compromiso por la provincia y su desarrollo. Con su enorme contribución al periodismo jienense, que, desgraciadamente, no ha sido aún valorada en su justa medida.

Se va y lo hace sin hacer ruido. Con la discreción que siempre enseñó. Con humildad, pero con la cabeza alta y la satisfacción por el deber cumplido. Estoy seguro de que, de una manera o de otra, seguirá luchando por su Jaén sin trincheras, ni servilismos. Como lo ha hecho durante tantos años.

Sigo esperando, como mi compañero Raúl Beltrán, que Jaén le rinda el homenaje que se merece a uno de sus hijos predilectos. Mientras tanto, no me queda más que quitarme el sombrero ante un maestro… Mi maestro. GRACIAS, Antonio.

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