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La historia de los que cuentan las historias más duras

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A los periodistas se nos ha acusado, en muchas ocasiones, de endogámicos y egocéntricos. Siempre mirándonos el ombligo, siempre hablando de nuestro oficio, de lo precario que llega a ser y de la importancia que tenemos en esta sociedad (“Sin periodismo no hay democracia”).

Y a esa acusación no le falta parte de razón. Aunque la generalización siempre es injusta, en ocasiones todos hemos pecado de todo eso. Y cuando ayer me disponía a ver el documental ‘No me llames fotógrafo de guerra’, no podía quitármelo de la cabeza: “Tras una jornada de más de 11 horas de trabajo, ¿ahora vas a ‘inyectarte’ en vena más periodismo?”, me decía.

Una hora más tarde, agradecí mucho haber decidido cerrar el día así. Porque me pude empapar de la historia de los que nos cuentan lo que nunca tendría que ser contado: la guerra. De la historia de su día a día, de sus miedos, de sus preocupaciones, de sus sueños, de sus caídas, de sus victorias…

Ver a Samuel Aranda, ganador del World Press Photo 2012, reconocer que cuanto más tiempo pasa, el miedo se acrecienta. Ver a Manu Brabo, que alcanzó la cima con el premio Pulitzer, relatar su ansia por continuar contando historias en Libia, lo que, a la postre, fue su perdición y el motivo de su secuestro. Ver a Moisés Samán reconocer que también ellos, estos grandes héroes, se plantean qué va a ser de su vida en los próximos años.

Mientras escuchaba los testimonios, las sensaciones se mezclaban. Orgullo de que tipos como ellos engrandezcan y dignifiquen nuestro oficio, jugándose la vida y poniéndola al servicio de contar lo que nadie quiere ver. Y también un profundo sentimiento de agradecimiento. Ellos hacen los que muchos no queremos o no tenemos las agallas de hacer.

No se trata de fustigarse: todo debe ser contado, no sólo las guerras, y para ello también debe haber periodistas dispuestos en unas condiciones que no suelen ser las mejores. Pero no hay que perder la perspectiva. No podemos olvidarnos de estos héroes. No podemos dejar de valorar y apoyar en su justa medida la labor de unos tipos que están hechos de otra pasta. Que entienden que alguien tiene que hacer el trabajo sucio (e imprescindible) y ellos no van a mirar para otro lado.

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Imagen: Gonzalo Malpartida

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