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Hepatitis C, un ejercicio de empatía

Hepatitis C

Imagina por un momento que sufres una enfermedad crónica. Causada por un virus, silencioso en sus primeras etapas, pero que con el paso de los años se encarga de pasar la factura más trágica posible. Duele, ¿verdad? Pues, sigamos con el ejercicio de empatía. Ahora te pido que pienses cómo te sentirías si supieras que tiene cura. Que existe un fármaco el cual, en la inmensa mayoría de los casos, permite quemar esa factura y seguir viviendo. Ilusionante, ¿no es cierto? Lo es. Pero, ¿y si te dijera que ese fármaco, en manos de una multinacional farmacéutica privada, no te lo pueden dispensar por su alto precio y la imposibilidad de que la administración, esa que se gasta cientos de millones de euros en sandeces, dispendios inútiles y vergonzosos y obras faraónicas, lo pueda financiar?

 
Por un momento te has sentido como los cientos de miles de enfermos de Hepatitis C que en este país contemplan desesperados cómo su cura la pueden rozar con los dedos pero este maldito sistema hace que sea inalcanzable. Pero, te voy a contar de manera resumida la historia desde el principio para conocer cómo se ha llegado a este final de 2014.


Cronología de la mercantilización de una cura

Noviembre de 2011. Gilead Sciences, multinacional biofarmacéutica ubicada en EEUU, saca su chequera para comprar una pequeña firma especializada en el descubrimiento de nuevos fármacos para el tratamiento de infecciones virales. 11.000 millones de dólares es la factura. Demasiado dinero, pensarás. Pero, ¿a qué se debe este alto coste? Muy simple: la empresa que adquiere tiene en su poder tratamientos que podrían salvar millones sede vidas en el mundo. Sólo hace falta desarrollarlos y fabricarlos en serie para sacarlos al mercado. Eso ya lo sabían muchos de los inversores que en aquel momento decidieron invertir en bolsa en esta multinacional: mira en este gráfico qué ocurre en su cotización desde 2012.

 
Principio de 2014. Tres años después, el ‘gigante’ se presenta ante estados y centros hospitalarios privados con esa cura para un porcentaje muy alto (se habla de hasta el 90%) de los casos. Sólo había que mirar el precio (en España y en otros países más desarrollados) para saber que había un problema. La compañía se iba a cobrar la factura sin miramientos. En nuestro país: 60.000 euros por 12 semanas de tratamiento (¡714 euros por pastilla!). En Estados Unidos: 80.000 dólares. Pero, ¿y en Egipto? 900 dólares.

 
Verano de 2014. Llega la negociación con la farmacéutica norteamericana. Cada estado europeo hace, incomprensiblemente, la guerra por su cuenta. Incomprensible porque lo lógico sería exigir un precio mucho más bajo sentándose un buen número de países a la misma mesa. En el caso de España, el proceso concluyó a principios del mes de octubre: ¡Luz verde! Sanidad esconde el precio al que compra el fármaco (su intención inicial era rebajarlo a 25.000 euros). Un mes y medio después hace públicas las limitaciones: sólo a pacientes en estado crítico o los que no han logrado curarse con otros tratamientos.

 
Primeros días de 2015. La realidad es que, aún con esas limitaciones, siguen sin dispensarse a muchos de los pacientes que se incluyen en ese grupo. Mientras el Gobierno crea una nueva comisión. Las comunidades autónomas no dejan de dar largas a los pacientes, ansiosos por empezar un tratamiento que les pertenece por justicia, aunque aún no lo haya sentenciado un juez. No obstante, no creo que quede mucho tiempo para leer una sentencia así, ya sea en España o en cualquier otro país. Sólo hay que ver las primeras denuncias surgidas en Estados Unidos contra la compañía farmacéutica por un “enriquecimiento ilícito” que viola la ley antimoniopolio. Un enriquecimiento que pone en riesgo la vida de miles de personas. Un enriquecimiento que, por la puñetera lógica del mercado, se antepone a muchas vidas.


La empatía como antídoto

Recuerda ahora, querido lector, que hablamos de vidas humanas y de una cura que podría salvarlas en un porcentaje alto. Hablamos de pacientes que han alzado su voz, con concentraciones y encierros durante estos meses y con testimonios que, en un sistema justo, deberían ser más que suficientes para afrontarlo y resolverlo como un asunto absolutamente prioritario.

 
Antes de seguir, un inciso: lector, no dejes de pensar en esos cientos de miles de enfermos, algunos en estado crítico, y sus familiares esperando a que de una vez le concedan su salvoconducto para seguir viviendo sin la maldita espada de Damocles sobre sus cabezas.

 
¿Has sentido cercana toda esta historia? ¿Te has puesto, aunque sólo sea por un momento, en el lugar de esos pacientes y familiares? Para el que escribe, ese ejercicio de empatía no es tan necesario. Lo vivo tan de cerca en mi familia, que no hace falta ponerse en el lugar del otro.

 
Pero más allá de personalismos, el humilde objetivo de quien escribe es que TODOS hagan ese ejercicio de empatía ante una injusticia como esta.

 
Que las compañías farmacéuticas se pongan en la piel de quien vive con una cuenta atrás constante en su día a día para concluir que una rentabilización justa debería ser compatible con la salvación de muchas de estas vidas. Sea Gilead Science o cualquier otro laboratorio que posea una cura. Y para muestra, hagamos los números juntos. Se calcula que en el mundo hay en torno a 150 millones de personas infectadas con el virus. Estimemos que se le dispensa, por la gravedad de sus casos, a la mitad. Pero, eso sí, con un precio de 1.200 euros. ¿El resultado? Unos ingresos para Gilead de… ¡90.000 millones de euros! Es decir, casi 9 veces lo invertido en la compañía tres años atrás.

 
Que el ministro de Sanidad y los responsables autonómicos se sientan, por un momento, como todos esos pacientes y entiendan que este debería ser un asunto de Estado a resolver sin dilaciones. Es cierto que la factura a la que se enfrentan es muy costosa. Pero, es inconcebible cómo sí hay dinero para otros muchos dispendios sin sentido y no para algo así. Es incomprensible y vergonzosa su falta de sensibilidad y, sobre todo, su incompetencia.

 
Que el resto de la sociedad sea consciente del porqué de esta lucha y la apoye en la medida en que sea posible. Entre otras razones, porque la siguiente enfermedad con cura al alcance de unos pocos será el cáncer o el alzhéimer.

 
Sirvan estas palabras, pues, para transmitir la angustia que sufren muchos cientos de miles de personas que sólo esperan que esto haya sido un mal sueño. Sirvan para despertar la conciencia de quien debe debe decidir sobre la vida de todos ellos. No olvides una cosa, lector: Tú mismo podrías ser uno de ellos mañana.

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