No voy a ser original, ni lo pretendo. Escribo este post sobre la muerte de Steve Jobs horas después de que las redes sociales, los informativos televisivos y las portadas de los periódicos se inundaran de mensajes de condolencias y de multitud de homenajes. Y lo hago porque me siento obligado, después de que las palabras y la forma de afrontar la vida del fundador de Apple me hayan marcado en los últimos años. No es una pleitesía absoluta, ni una adoración como al nuevo Rey Midas de la era moderna. En absoluto. Es simplemente una admiración tanto en lo profesional como en lo personal, aunque con matices.
Con su creatividad cambió el rumbo de la tecnología y fue inspirador para muchos. Incluido el que escribe, que no se ha cansado en los últimos años de escuchar el emotivo discurso en la Universidad de Standford, toda una declaración de principios y una filosofía que, para mí, es digna de aplauso. Ese discurso representa la esencia de lo que trato de llevar a la práctica en mi día a día: pasión por lo que haces, optimismo con el futuro, explotar el presente como si fuera el último día, vivir sin dejarse llevar por las opiniones de los demás…
Antes decía que Jobs tenía y tiene mi admiración tanto en lo personal como en lo profesional, pero siempre con algunos matices. En esta vida ni todo es blanco ni todo es negro y en este caso, no todo podía ser positivo, pues la empresa que fundó y dirigía hasta hace tan sólo unos meses también tiene su historia negra y una ética, cuando menos, muy discutible (en este vídeo, aunque sea en inglés, se explica este asunto).
Pese a esos borrones de la compañía, es injusto no reconocer lo que ha supuesto el fundador de la compañía de Cupertino para el devenir de esta sociedad de la información. Y por mi parte también sería injusto no dedicarle un humilde post como homenaje, simplemente como un agradecimiento sincero. Descanse en paz…























