Era marzo de 2008. Aún estábamos al comienzo de una casi eterna travesía en el desierto. Nada hacía presagiar lo que aún quedaba por llegar (y por sufrir). Fue en ese punto de la historia, de nuestra historia, donde surgió un carismático senador negro en EEUU que repetía una y otra vez una palabra: Hope. Sus discursos estaban repletos Read more
Que los periodistas recuperen el control de los medios, y volver a mirar de nuevo a los ojos al lector. Es lo que se reclamaba a gritos en una de las mayores crisis de credibilidad que se recuerdan en los medios y que han hundido a los periodistas como los profesionales peor valorados de la sociedad en nuestro país. Read more
Ese pensamiento con el que ríes sin parar.
Ese café eterno para compartir una esperada conversación.
Esa canción maravillosa que suena en el ordenador y que te empuja a bailar y cantar sin más.
Ese paseo por calles aún por descubrir.
Ese nuevo reto conseguido.
Esa reconfortante sensación del trabajo bien hecho.
Ese abrazo en el momento en el que más lo necesitas.
Esa mirada de Read more
La marca personal es uno de esos conceptos manidos hasta la saciedad, repetido en infinidad de congresos y jornadas endogámicas, utilizado por un buen número de esos gurús que siguen sentando cátedra sobre cómo hacer periodismo detrás de la mesa de un despacho. Es, quizás, uno de los máximos exponentes de ese humo que envuelve en demasiadas ocasiones a Read more
Cómo ser feliz en 24 horas con cinco simples pasos; consejos para encontrar la luz al final del túnel desde el sillón de casa y casi sin esfuerzo; el elixir de la felicidad eterna... Desconozco si existen artículos o, incluso, libros bajo estos sugerentes (y tramposos) títulos pero, sinceramente, no sería de extrañar. Por una sencilla razón: la línea Read more
Tantos seguidores, tanto vales. Ese es un injusto principio que se antojaba inquebrantable en el ecosistema de las redes sociales. La influencia o el poder de una marca se sigue midiendo al peso, lo que ha hecho aflorar un ‘mercado negro’ de compra-venta de seguidores de mentira, de números con los que ganar posiciones y visibilidad de forma artificial. ¿Y dónde queda la calidad de esa audiencia, la interacción con ella…? Ahora, puede que vuelva al primer plano que nunca tuvo que abandonar.
Seis años después de que Jack Dorsey, uno de sus fundadores, lanzara el primer tuit, la compañía ha concluido, al fin, que la medición de la influencia real y el alcance de las publicaciones en Twitter no puede basarse única y exclusivamente en el número de seguidores. El exdirector ejecutivo de la red señala otros métodos como la diferenciación entre ‘followers’ activos e inactivos o el recuento del número de impactos de una publicación o la cantidad de retuits.
Las librerías de barrio iban a ser lugares de culto, por su escasez. Los periódicos en papel se iban a convertir casi en reliquias de museo de la noche a la mañana. El pago por contenidos en internet iba a dejar en testimonial la los ingresos en los cines de su barrio en apenas unos años… Y así vayan sumando todos esos cambios que tenían que estar sucediendo ante nuestros ojos y que aún están en el campo de las previsiones y no de las realidades. ¿Por qué nos empeñamos en ir tan deprisa?
Ayer leía que Youzee, la plataforma de cine bajo demanda de Yelmo Cines, va a despedir a una parte importante de su plantilla por las pérdidas ocasionadas durante los dos años que ha estado en marcha. Sólo este año ha necesitado 4,2 millones de euros de inyección de capital para subsistir ante la falta de ingresos en un país como el nuestro que, digan lo que digan, en su ADN sigue sin tener la cultura del pago por los contenidos.
Al margen de la durísima crisis económica, esa oferta gratuita irresistible para muchos y de la enorme competencia de gigantes del sector como Apple o Google, es evidente que el modelo de pago por contenidos para el cine sigue sin cuajar. No ha sido suficientemente atractiva una oferta de 400 películas, entre ellas estrenos interesantes, con una tarifa mensual de 6,99 euros. En el mismo día, se le daba la bienvenida a Amazon, que apura su aterrizaje en el sector del video online de nuestro país y sobre cuyos resultados sigue habiendo dudas.
Pero vayamos a otro ejemplo: la prensa escrita. Grandes gurús de nuestro tiempo han salido a escena durante los últimos años anunciando la muerte de los periódicos en papel e, incluso, poniendo fecha a su fallecimiento. 2015, 2018, 2045… Para ellos, esta industria obsoleta e ineficiente tiene los días contados en la era de internet. Algunos, incluso, ya pensaban en el uso que le darían al espacio de los kioscos que pueblan nuestras ciudades. Pero, esperen, un momento… Los ingresos digitales de los periódicos no sólo no crecen a la velocidad de la luz, sino que siguen estancados. Son 14 veces más bajos que los de las ediciones impresas de los grandes periódicos.
El papel estaba moribundo y la sorpresa llega cuando enfrentamos en los balances la efectividad en ingresos de los lectores de papel y digitales. El pago por contenidos en la red no era el futuro, sino el presente para industrias como la del cine (en esta casa hemos hablado sobre el tema) y ya aparecen las primeras víctimas entre sus ‘salvadores’. La revolución de internet es un hecho incuestionable. Que las reglas del juego están modificándose para todos es una realidad a la que no se le tiene que dar la espalda. Pero también lo es que la velocidad a la que lo hace es menor de lo que nos empeñamos.
Las redes sociales como canalizadoras de todo el debate social, como plataforma que alberga todos y cada uno de los temas que preocupan al común de los mortales… Es uno de esos axiomas que de tanto repetirlo se ha convertido en una verdad absoluta para muchos de los que se asoman a diario por aquellos lares. Es la teoría de que los Trending Topics se convierten en el reflejo claro y nítido de lo que se habla en las barras de los bares o junto a las máquinas de café de las empresas. Nada más lejos de la realidad.
Y es falso desde el mismo momento en el que se confunde la parte por el todo, en el que se da por hecho que todas las cuentas registradas tienen detrás usuarios activos que no dejan de opinar, compartir o debatir sobre los temas a diario.
@jesusmargon Pues en Twitter ni te cuento. Es alrededor del 30%. Como mucho. Es la gran mentira de las redes sociales esto de los activos.
@jesusmargon Pues en Twitter ni te cuento. Es alrededor del 30%. Como mucho. Es la gran mentira de las redes sociales esto de los activos.
Para empezar a analizar las cifras, es, cuando menos, sospechosa la escasez de información sobre este tipo de usuarios en las grandes redes. Facebook y Twitter se han resistido a ofrecer esas estadísticas como parte fundamental a la hora de valorar su penetración social real.
Empecemos por el caso de Facebook. Hace unas semanas, el gigante fundado por Mark Zuckerberg se jactaba de haber superado los 900 millones de cuentas registradas en la red. Un auténtico logro que lo situaba como líder absoluto en el universo 2.0. Y llegaron las comparaciones de siempre: si fuera un país sería el cuarto más poblado del mundo. Pero, ¿realmente esa población es activa? ¿Podemos decir que usan la herramienta en su los 900 millones? En absoluto. Según los propios datos de Facebook, sólo el 58 por ciento lo hace a diario, es decir, unos 526 millones de cuentas. Son ocho puntos más que hace tres años, pero sigue siendo un porcentaje muy escaso.
Pero vayamos al caso de Twitter. Ocurre algo parecido, pero el porcentaje es, incluso, mucho más bajo que en la red Zuckerberg. Pese a la escasez de información ofrecida por la compañía, varios estudios calculan que de los 500 millones de cuentas registradas apenas 140 millones se pueden calificar como usuarios activos. Es decir, menos de un tercio del total.
Las razones pueden ser variadas. Los hay que inician su experiencia en la red y deciden que requiere mucho esfuerzo (en el reciente estudio de Twitter en España crece de forma importante los usuarios que deciden tomarse un periodo ‘sabático’ en la red). Otros dosifican su actividad para evitar una saturación en toda regla. E, incluso, también están los que fallecen, algo que incluso ha sido visto por Facebook que ofrece ya su propio cementerio ‘virtual’.
Por una razón u otra, es evidente que no es oro todo lo que reluce en las grandes cifras. Y aquí llegamos de nuevo al eterno debate sobre la burbuja de las redes y su sobrevaloración, no sólo económica sino también social. Medir al peso la potencia de las redes puede ser letal. No hay más que ver el desplome de Facebook en Bolsa, que midió sus fuerzas antes de lanzar la oferta a los inversores basándose más en el número de usuarios y no en un modelo de negocio estable al margen de la publicidad pura y dura (que se ha demostrado que sigue a la baja).
Este es sólo un ejemplo más de que vivimos un fenómeno imparable y muy interesante, que ha cambiado las relaciones sociales, pero que también está siendo desorbitado por todos. Negar la evidencia sería una estupidez. Pero lo sería aún más perder la perspectiva.
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Bonus Track: Como el mundo de las redes sociales (como la vida) hay que analizarlo de forma crítica, sin perder la perspectiva, con una pizca de sensatez y con mucho buen humor os dejo una parodia (en inglés) sobre esos vídeos con apabullantes cifras que demuestran su crecimiento en los últimos años.
Te dispones a escribir un correo electrónico en tu cuenta de Gmail a un contacto con el que te comunicas prácticamente a diario. Escribes su dirección y antes de hacer clic en enviar aparece un mensaje que te hace mirar alrededor como si hubiera alguien vigilándote: ‘¿Quisiste decir también XXXX@gmail.com?’. El todopoderoso Google detectó que en el grueso de los emails que enviaba a ese contacto también lo hacía al segundo. ¿Conclusión? Se lo ofrezco y trato de facilitarle la tarea. ¿Facilitar la tarea o espiar en toda regla?
No es, en absoluto, un relato de ficción para tratar de escenificar lo que para mí es un problema de privacidad en la web. Se trata de una experiencia verídica de un servidor y que sirvió para que me planteara de forma seria hacia dónde caminamos en la Red. ¿Hasta qué punto somos conscientes de los datos privados que estamos entregando con pasión a los propietarios de servicios web que usamos a diario? ¿Cuánto estamos dispuestos a ‘pagar’ para que nos faciliten la experiencia en el correo, en las búsquedas o en las redes sociales? Con los últimos cambios en la gestión de privacidad de Google, ¿qué nos queda, realmente, de la privacidad inocente con la que nos lanzamos a navegar años atrás?
Reflexionando sobre todos estos peligros, entra en escena Twitter y se sube al carro de la personalización de los servicios a costa de la privacidad. La red de microblogging cambiará sus sugerencias, teniendo más en cuenta el tipo de páginas webs que visita cada uno de los usuarios. No hay duda que afinarán mucho más, pues se repite la mofa sobre el poco acierto que tienen muchas de las recomendaciones actuales. Pero, ¿cómo? Obteniendo los datos de nuestros hábitos de navegación. Es cierto que se plantea como una opción y no como una imposición, ya que el usuario podrá desactivarlo directamente en su configuración. Sin embargo, uno empieza a plantearse dónde está el límite.
Estos son tan sólo dos ejemplos de muchos servicios web que hemos introducido en nuestro día a día y cuyas empresas cuentan con ingentes cantidades de información sobre nuestros gustos, nuestros hábitos o nuestras amistades. Algo que resulta, cuando menos, incómodo y preocupante. Preocupante no por la privacidad que, de forma más o menos sencilla, se puede gestionar por parte del usuario, sino la que no controlamos.
Servicios como el que está implantando Twitter o las búsquedas sociales de Google, a través de las cuáles aparecen en los primeros resultados los contenidos que han compartido tus amigos en su red social G+, pueden hacerte la navegación más fácil y cómoda. Pero se consigue a través del uso de unos datos que deberían ser privados. Porque, en mi caso lo tengo clarísimo: Sacrifico la comodidad y una experiencia más personalizada en la red en beneficio de mi privacidad. Pero, ahí está la duda: ¿Dentro de unos años habrá opción?
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Bonus Track: Un vídeo en el que se alerta del peligro de los filtros en la Red impuestos a través de nuestros hábitos de navegación. Muy recomendable.
Afirmar que las redes, especialmente Twitter, han sido, son y, quizá en el futuro, serán una gran batalla de egos es, simplemente, constatar una realidad. No significa ningunear un fenómeno que ha cambiado la forma de relacionarse entre personas, ni acusar a todos los usuarios de ser unos narcisistas inaguantables. Se trata de poner nombre a lo que hacemos a diario en aquellos lares. Reflexiona: ¿no hablas de tus logros, de tus opiniones sobre la actualidad o sobre la vida, de tus intereses, de las noticias que te interesan o preocupan, de tu vida diaria o, incluso, de los elogios que los demás te dedican? ¿No te has sorprendido mirando su cifra de seguidores en Twitter, tus fans en Facebook, consultando tu influencia en las miles de herramientas que hay disponibles para ello o comprobando la cantidad de retuits que has recibido con tu último e ingenioso tuit? En mayor o menor medida, todos seguimos alimentando allí nuestro ego y negarlo es una estupidez.
Partiendo de esa base y teniendo presente ese narcisismo intrínseco en la filosofía de las redes (algo que no le quita ni un ápice de su utilidad social, profesional y personal), un servidor, que abrió su cuenta en los gigantes Facebook y Twitter allá por 2009 –aquella época en la que la crisis era casi un nuevo descubrimiento para Zapatero y la prima de riesgo una desconocida-, siempre ha estado interesado en esa conversación que tanto debe alimentarse y cuidarse según unos gurús que, desde su púlpito, la ningunean en demasiadas ocasiones. Y tenía vivo interés en esa cuestión porque estaba (y estoy) convencido de que la infoxicación a la que estamos sometidos a diario, la dificultad para filtrar el contenido y la incapacidad de muchos usuarios para saber separar el grano de la paja hace que el diálogo se vaya convirtiendo poco a poco en un monólogo compartido entre todos. Llega un momento en que es un mundo inabarcable que acaba convirtiéndose en un gigantesco grupo de gente hablándose entre ellos o, mejor dicho, para sí mismos, pero escuchándose poco (casi como la sociedad individualista que construimos).
Y para sostener esa afirmación, me gustaría aportar algunos datos que pueden ser reveladores:
Cuando usted publica un enlace a una noticia o a su último post que tanto le costó piensa que detrás hay una ingente cantidad de usuarios que harán clic inmediatamente. Nada más lejos de la realidad. Un estudio reciente establece que la media de clics es bajísima (sólo siete de cada cien) y se reduce progresivamente conforme el usuario suma más ‘followers’.
La paja y el grano: otro estudio señala que sólo el 41 por ciento de los tuits que leen los usuarios les parecen relevantes (visto aquí). La peor parte se la llevan los tuits con los ‘check ins’ o actualizaciones de la red de geolocalización Foursquare.
Los medios de comunicación no interaccionan y dialogan con su audiencia. El ‘tuitexperimento’ lo dejó claro: más de la mitad no contestaron a las preguntas hechas por el equipo que llevó a cabo la iniciativa.
El estudio del Estado de Twitter en España, publicado ayer por la Asociación de Economía Digital, plasmaba dos datos elocuentes:
¿Cuál es la razón por la que dejar de seguir a alguien? El 80% dice que generan demasiada información para seguirla.
¿Has dejado abandonado en algún momento la red? El 60% admite haber tenido épocas de inactividad y la razón fundamental: exige demasiada dedicación.
¿Y crees que en Facebook todo es distinto? Cuando publicas esa actualización sobre tus vacaciones o esa canción con la que quieres transmitir buen rollo piensas que detrás hay una legión de amigos disfrutándola, ¿no? Nada más lejos de la realidad. Se estima que apenas un 12% de tus contactos en la red de Zuckerberg verán tus intervenciones.
Con estos datos sobre la mesa, uno se pregunta si lo que, en realidad, hacemos la mayor parte del tiempo en las redes es casi hablar solos. Desconozco si el problema se soluciona con una mejor y más exhaustiva selección de tus contactos, de tu timeline o de los contenidos, con una filosofía en la que impere la calidad frente a la cantidad o con días de 40 horas. Lo que resulta más que evidente es que, progresivamente, el crecimiento de las redes (y, por ende, nuestra actividad en ellas) está haciendo perder a éstas su lado más social. La supuesta conversación de la que todos hablan pero que se practica con cuentagotas empieza a ser más un monólogo colectivo sin mucho sentido que tiene más que ver con los diálogos que mantenían Earl Barret y Arne Sultan en ‘No me chilles, que no te veo’.