Era marzo de 2008. Aún estábamos al comienzo de una casi eterna travesía en el desierto. Nada hacía presagiar lo que aún quedaba por llegar (y por sufrir). Fue en ese punto de la historia, de nuestra historia, donde surgió un carismático senador negro en EEUU que repetía una y otra vez una palabra: Hope. Sus discursos estaban repletos de esperanza, de motivación. Era una inyección de entusiasmo en uno de los momentos de mayor descreimiento. Reconozco que me entusiasmó su forma de decir a su país, al mundo que todo es posible, que sí se puede.
Ahora, cinco años después, ese líder afronta su segundo mandato como presidente de los Estados Unidos con más decepciones que victorias y la sociedad sigue en busca de esas razones para creer. Si hay algo que reprocho y mucho a los dirigentes, de dentro y de fuera, es que con sus acciones (y sus omisiones) han robado la esperanza de un futuro mejor a mucha gente. Los recortes de derechos ya conquistados tras años de lucha, su incapacidad demostrada para borrar la palabra paro del día a día de muchos jóvenes (y no tan jóvenes), su resignación ante los desafíos que tenemos por delante…
No es una cuestión de optimismo o pesimismo, más o menos, temporal. Es mucho más que eso. No creo que haya nadie que pueda levantarse día tras día sin creer que el futuro, en algún momento, le sonreirá. Que, más pronto que tarde, todo el sufrimiento de hoy se tornará en prosperidad mañana. Haber perdido esa esperanza hace que muchas de las cosas carezcan de sentido. Y es eso, precisamente, lo que debería avergonzar a quien tiene gran parte de la responsabilidad para cambiarlo.
El ‘No nos vamos, nos echan’ entonado por miles de jóvenes que deben emigrar para reencontrarse con esa esperanza tendría que retumbar una y otra vez en los oídos de todos ellos. También el triste silencio de aquellos maduros que buscan, a la desesperada, un hueco en un mercado laboral casi inaccesible. A veces me pregunto cómo se puede vivir o, mejor dicho, dormir contemplando, día a día, desde un despacho con mesas de lujo esta realidad sin sentir el menor atisbo de vergüenza.
Este no es un post negativo, sino indignado. Muy indignado. Es un post lleno de rabia de alguien que roza la treintena y, pese a todo y todos, trata de luchar por conquistar ese futuro mejor. Es por eso que, como hacía semanas atrás, llamo a luchar para recuperar esa esperanza. A no dejarse vencer por un futuro que aún no está escrito. Ser un optimista no significa resignarse sentándose a ver pasar el tiempo. Significa criticar y tratar de cambiar todo lo que hoy no funciona, para limpiar el horizonte de nubarrones. Significa batallar para no dar la razón a quienes ya dictaron sentencia sobre el mañana.
En Historias de un optimista | Que no nos roben la esperanza
Imagen | OhKyLeL

























