No hay mejor estrategia que infundir el miedo entre la sociedad para llevar a cabo medidas que en circunstancias normales deberían tener una durísima respuesta de sus ciudadanos. Lo demostró con creces el Gobierno de Bush en Estados Unidos después de los ataques del 11-S contra las torres gemelas. Fue la excusa perfecta para gastar miles de millones de dólares en una guerra contra países como Afganistán o Irak, en la que los intereses económicos y geopolíticos eran más que evidentes y pesaban mucho más que los aducidos por la administración.
Ahora, diez años después, esa política del miedo es retomada por los gobiernos europeos, que han visto como la desregulación financiera se ha vuelto contra ellos y han creado un monstruo llamado mercados. Éstos son los que, directa o indirectamente, han infundido un terror a la población ante la inminente quiebra del sistema que está concluyendo en goles al estado del bienestar que hace años eran absolutamente impensables. Sólo hay que mirar a Grecia, que con la guillotina rozando su cuello está poniendo sobre la mesa unos sacrificios cuyos efectos los sufrirán varias generaciones.
Pero no hace falta mirar a tierras helenas o italianas para contemplar cuán útil puede ser el miedo para ‘convencer’ a la población de que la única salida son los recortes brutales. En España, el precursor fue Zapatero que, cual péndulo, decidió pasar del gasto público a ‘tuti plen’ para reactivar la economía a herir de muerte al estado del bienestar tal y como lo conocíamos, gracias a un paquete de recortes sociales brutal. Ahora, llegan las comunidades autónomas, que ahogadas por el déficit, sacan a relucir la tijera para una poda que, en vez de acudir a las ramas superficiales (que las hay y muchas), está dirigida al mismo tronco del árbol. La sanidad y la educación, otrora intocables para los gobiernos, ahora son la diana de todos los dardos. Comenzó la Generalitat, tras la llegada de Artur Mas (CIU), cerrando centros de salud, reduciendo personal en los hospitales… Después fue Castilla la Mancha y su presidenta, Dolores de Cospedal, y ha continuado Madrid, con planteamientos como el de Esperanza Aguirre sobre la posible eliminación de la gratuidad de algún nivel de la educación obligatoria.
Esta política del miedo a una recesión, a una intervención pública, al precipicio nos está llevando a hacer concesiones, de las cuales nos acordaremos dentro de unos años, cuando la educación pública sea cada vez de peor calidad o tengamos que pagar dos veces por una operación quirúrgica o por una prueba médica. Esto no es una cuestión de derecha o de izquierda, de PSOE o de PP… Es una cuestión de la sociedad en su conjunto, pues el sistema que tanto costó construir se desmorona y eso no sólo perjudica a los que menos tienen. Están en juego avances sociales clave, con los que se está jugando cual cartas en una macabra partida de póker. ¿Hasta cuándo el miedo paralizará a una sociedad que ve paralizada toda esta ‘sangría’ social?























