Hoy los periodistas deberíamos estar de enhorabuena. Es la festividad de nuestro patrón, San Francisco de Sales, del que se dice que escribía de día hojas clandestinas y las metía por debajo de las puertas, de noche. Pero el contexto en el que llega nuestra particular ‘fiesta’ no puede ser, en absoluto, motivo de alegría: 4.400 periodistas han perdido su empleo desde que estallara la tormenta perfecta. Pero, ojo, no se trata sólo de una cuestión económica, sino también de modelo, de identidad.
Esa cifra refleja también una realidad: el periodismo tal y como lo hemos conocido hasta ahora está herido de muerte. Ese periodismo pegado al poder y entregado a sus dictados, con más interés económico que social, con una precarización vergonzosa, con unos directivos que decidieron, hace mucho tiempo, que la información era un simple negocio del que tenían que lograr ingentes beneficios. Ese modelo del oficio está hundiéndose, pese a que los de arriba traten de sostener el barco mientras sigue tocando la orquesta.
A los periodistas (especialmente los jóvenes) nos ha tocado vivir un cambio de era en todos los sentidos, incluso en el oficio más maravilloso del mundo. Nos ha tocado pilotar ese viraje hacia los principios originales del periodismo, entre los que despunta uno: volver a ser útiles e imprescindibles para la sociedad. Somos nosotros los que tenemos que reiniciar de una vez el sistema, pues los grandes grupos y sus directivos siguen pretendiendo hacer las cosas de la misma forma.
Las nuevas tecnologías y sus herramientas nos abren un escenario apasionante, en el que, como ya he dicho en alguna ocasión, el periodismo podría vivir su edad de oro. No en vano, se están logrando las mayores cotas el consumo de información, gracias a la red. Y ahí es donde no podemos defraudar.
Es sencillo y muy difícil a la vez: contar historias, nuestra Historia. En un mundo cada vez más complejo hoy más que nunca debemos explicar lo que ocurre sin cortapisas, ni ataduras empresariales, políticas o económicas. Debemos recuperar el control. Es, simplemente, un ‘reseteo’ para comenzar de nuevo.
























