Los sindicatos tienen miedo a un nuevo fracaso, que los dejaría más tocados de lo que ya están. Y lo demuestran al convocar una huelga general para dentro de ¡tres meses! (mirad la viñeta de abajo del gran Fontdevila) Y lo justifican en una sencilla razón: quieren tiempo. Por un lado, con el objetivo de evitar un fiasco mayor del que supuso la movilización en el sector público (ya no se fían ni de su propio poder de convocatoria…), para lo cual lo harán coincidir con las protestas que tendrán lugar en toda Europa el próximo 29 de septiembre. Y, por otro, para tener margen de maniobra y dar marcha atrás en cualquier momento. Vaya que se arrepientan…
Se encuentran perdidos… Lo resume bien el ex director de ABC, Ignacio Camacho en su artículo ‘Baile de máscaras’:
El alborotado baile de posiciones ha pillado a contrapié a los artríticos dirigentes sindicales, que ya no saben contra qué o quiénes dirigir una huelga general y han optado por convocarla en diferido a ver si el verano les aclara los conceptos, atrapados como están por la evidencia de que ni ellos mismos alcanzan a identificar si son de los suyos. Estaban encamados con el poder y de repente han descubierto que el poder se ha ido con otra, o más bien con otros, a quienes llaman elípticamente “los mercados” y que parecen haber seducido a un Zapatero con merecida fama de donjuán y picaflor. En medio del natural desconcierto por la cornamenta han decidido arroparse porque aunque estén subiendo las temperaturas parece que fuera del edredón de las subvenciones hace mucho frío. Ya vendrá septiembre.
Con esta convocatoria en diferido, reconocen indirectamente el fracaso de la huelga del 8-J. Sin embargo, disparan al objetivo más fácil, el mensajero, y recurren al victimismo. El responsable de Comunicación de CCOO, Fernando Lezcano, llegó a decir el pasado lunes que pretenden “no dar pie a intenciones interesadas” puesto que han descubierto que existen intereses para “cuestionar el papel de los sindicatos”. Es decir, que los que criticamos su poco poder de convocatoria, su desconexión absoluta con la realidad social española, su falta de respeto a los más de 4,5 millones de parados que no se han merecido durante los últimos dos años ni una sola medida de presión o su peligrosa cercanía con el poder formamos parte de una conspiración neoliberal que quiere destruirlos. O conmigo o contra mí. Como siempre…
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Reflexión: Este ‘Baile de máscaras’, como lo califica Ignacio Camacho, hace aún más patente una necesaria regeneración (como ocurre también en el plano político). Por supuesto que son entidades imprescindibles, pero en una sociedad como la actual, en la que los trabajadores están cada vez más indefensos, se requieren a organizaciones sindicales fuertes, independientes, adaptadas a los tiempos, críticas y dispuestas a defender con uñas y dientes a los de abajo sin titubear.